Resultado: el domingo pasado fue tendencia en las redes sociales la etiqueta #CaprilesNoNosRepresenta.
A Capriles de por sí todo le iba muy mal después del “Nicolás, vamos por ti” del año pasado, esa estúpida antesala para su cuarto fracaso político-electoral consecutivo como catire de la película de la MUD. Le ha ido peor, inesperadamente peor a lo que nos podíamos imaginar.
Si algo describe la pendiente que expresa la caída de Capriles ha sido su indefinición. Lo de constructo de los medios y los factores tradicionales del poder en Venezuela se hizo patente, en la medida en que lo de dirigente y opción presidenciable se le fue diluyendo con su incapacidad de asumir una postura -cualquiera- sólida ante los hechos, las circunstancias y los planes que él perfectamente conocía.
Tomando como punto de partida su lance con los “dinosaurios” y los “tuiteneitors” (sus palabras), pero sin ser capaz de denunciar lo que se movía en lo más ultra (de lo que formó parte hasta que no supo administrar el flux “progresista”), la vanidad no le permitió vislumbrar más nada que la forma, sea como sea, de marcar diferencia con lo que tenía a la mano.
Condenó la violencia guarimbera pero fue incapaz de decir algo coherente respecto a su coleguita Leopoldo López, para tratar de obviar lo obvio sacó a decir que había un autogolpe y lo que hacía su amigui era un error de método, luego, que la oposición tenía que hacer su autocrítica dizque poniéndose él de primero (¿a dónde?), insiste en que la salida es electoral, que él es el que está en los barrios, insulta a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) y luego coquetea con ella matizando que no todos son chavistas, luego se trata de malandrear al presidente con su eterno llamado al debate, y por esa misma vía ahora trata de capitalizar el llamado del Presidente al diálogo asumiéndose como el más calificado. Resultado: el domingo pasado fue tendencia en las redes sociales la etiqueta #CaprilesNoNosRepresenta.
Al corte de caja de hoy en día, Capriles vuelve a pasar de la depresión a la euforia, y luego de asumirse el dialogador, nuevamente se coloca a sí mismo como el señor de la guerra jurando venganza por la detención de los alcaldes Ceballos y Scarano:

